[JUGLARES COMUNES] Cantautores venezolanos de rock (I): PTT es nuestro PTT

Una vez a escuché a alguien decir que Pedro Vicente Lizardo es nuestro Joaquín Sabina. La frase, pronunciada hace años en un aula universitaria, se sembró en mi cabeza como solo ciertas ideas lo hacen: dejando tras de sí un silencio que interrumpe esto a lo que llamamos realidad, mostrándonos en un parpadeo la esfera superior del entendimiento. Y ahí se quedó, quieta, sin hacer demasiado ruido, saliendo de vez en cuando, entre cervezas, en incontables noches de conversación sobre el rock y la vida. Hoy me toca sacarla de nuevo para hablar del más poeta de nuestros cantores del rock: el incombustible PTT Lizardo.

Desde el primer disco de La Misma Gente, (Por fin, de 1983), PTT nos aclara que, según él, no merecía la pena analizar el por qué de sus poemas tristes. La verdad es simple, frontal: canta porque quiere, y nada más. No eran sus primeros pasos dentro de la música: junto a su hermano Ike ya había formado Los Barracudas, en los sesenta, y Apocalipsis en la siguiente década. Pero, lo que la aparición temprana de esta declaración en la obra de La Misma Gente viene a atestiguar, es cómo el poeta tenía curtida esa actitud rock y esa poesía callejera que solo se entienden en las aceras, observando y acercándose desde lo humano al otro, al que sufre, al paria, al hambriento, al loco:

Si no tienes guitarra te presto la mía

para que sigas la ruta de mis horas

para que encuentres por siempre una amiga

que habla un solo idioma:

el de las cosas sencillas

 

Hecho que no extraña al tener en cuenta la profesión a la que Pedro Vicente se dedicó durante años, en paralelo a sus correrías por los largos y tortuosos caminos del rock: la medicina. Sin duda, el contacto con la realidad cruda que palpita en los pasillos de los hospitales públicos venezolanos alimentó la voz poética de nuestro cantautor, que a su vez responde al linaje literario de su padre, el gran escritor y periodista venezolano Pedro Francisco Lizardo, autor de versos de este calibre poético:

Levanto una mano. Con ella reconstruyo

el mundo. Nada más me queda por hacer.

Ahora el tiempo me pertenece.

Al escuchar La Misma Gente, notamos cómo se da en ellos una forma musical atípica en el contexto del rock venezolano: los ritmos, acentos, fraseos y estructuras armónicas parecen estar al servicio de las letras y no al revés. De esto se desprende la intuición de que las canciones de la banda, compuestas por PTT, tuvieron una génesis poética antes que musical. Esto es algo que podemos escuchar con frecuencia en la obra de cantautores cuyos temas tienen un gran peso poético, como Spinetta o Dylan; pero que en el caso del rock venezolano es sumamente raro. La mayoría de las grandes canciones de rock hechas en el país responden a un formato más típico, en el que la palabra tiene una función más musical o rítmica que de sentido poético o simbólico. La palabra en el rock venezolano nunca tuvo, antes o después, tanta importancia como la que tiene en las canciones de La Misma Gente, en los poemas tristes de PTT.

Te he oído hablar de amor

con el silencio de estos cerros.

Te he visto darle al sol de tarde,

con tus ojos, un beso.

Decir entonces que son auténticos poemas acompañados de música no es en lo absoluto aventurado. El espectro musical en el que se movía la banda era muy diverso: los sonidos duros y los filosos riffs de rock; el empleo de recursos rítmicos y armónicos propios de la música tradicional venezolana, décadas antes de eso que algunos llamaron neofolklore; y las baladas emocionantes, de una energía discreta y dosificada, con una calidad épica construida a pulso con manos de artesano. De toda la obra de PTT y La Misma Gente, es precisamente en una de esas baladas que hallamos la melodía que terminaría inscribiéndose irremediablemente en el inconsciente colectivo de nuestro rock:

Lluvia mójala un poquito,

y háblale un rato de mí.

Dile que yo sé que en mayo,

su cuerpo llueve por mí.

Dile que de nada

vale amar sin compartir

una cama, un sueño,

un hijo y un jardín.

Lluvia dile lo que yo no sé decir.

Al principio hacía referencia a la comparación entre Lizardo y Sabina. Tiene sentido, ya que como el genio de Úbeda, el poeta de San Antonio de los Altos construye universos enteros en tres minutos de palabras, haciéndolo como los verdaderos artistas: sin aparente esfuerzo, dando la impresión de que la rima y la melodía son la cosa más sencilla del mundo. Y, como el juglar español, Pedro Vicente llena esas palabras con una voz rota, endurecida y afilada en el andar incansable por el campo minado de la noche, el rock y la poesía. Pero, como las comparaciones tienden a ser odiosas, hoy prefiero pensar en PTT como nuestro PTT. Un genio cuya obra se sostiene sola, como la vela que no se apaga. Un músico que, junto a sus compañeros Ike y Casino, escribió con fuego el nombre de su banda en la memoria de quienes la oímos, en un país que nunca ha sido especialmente agradecido con los creadores de belleza. Un poeta que habla de nuestros problemas, de nuestras calles y de nuestras personas, cantando. Porque cantar no es solo disparar contra el olvido: es, en definitiva, mucho mejor que hablar.