[JUGLARES COMUNES] Cantautores venezolanos de rock (II): La Caracas de Yordano

Una frase atribuida al escritor ruso Leon Tolstoi aconseja a todo creador lo siguiente: pinta tu aldea y pintarás al mundo. A primera vista, hablar partiendo de lo que se conoce puede parecer una elección obvia. Lo conocido es el material crudo que tenemos más a la mano a la hora de saciar nuestras necesidades creativas. Pero pareciera que no por todos es entendido así. Hay un fenómeno que siempre me ha llamado la atención dentro de la canción rock pop venezolana: la ausencia, casi general, de referencias concretas a las ciudades en las que sus autores vivieron y desarrollaron su obra. Pienso en avenida Alcorta, cicatriz; en Zócalo, Hidalgo, Chabacano/ he cruzado un millón de veces; en a mitad de camino entre el infierno y el cielo/ yo me bajo en Atocha… y trato de recordar ejemplos de canciones escritas en Caracas que aludan explícitamente a calles, esquinas, espacios de la ciudad. Y solo un nombre me viene de inmediato a la cabeza: Yordano Di Marzo.

Caracas, ciudad abierta

 Irónicamente, Giordano di Marzo no nació en Caracas. Es originario de Roma, Italia, ciudad donde nació en octubre de 1951. A los 12 años se vino con su familia a este rincón del mundo. Aquí el joven descubriría tanto la sonoridad caribeña como las calles de una ciudad cuyo mayor estandarte es la contradicción. Pueblerina y cosmopolita; pequeña pero a su vez dividida en mil urbes diferentes; caótica pero con atardeceres alucinados y una hermosa vista al Ávila: la Caracas que Giordano empezó a recorrer era la que, en cada esquina, contaba la historia de un pasado hermoso que empezaba ese lento e irreversible desvanecimiento, que hoy es total:

Cuenta, cuenta la leyenda

que antes todo era mejor

cuenta la leyenda

que se podía caminar

y de vez en cuando

mirar al cielo y respirar

Pero no puedo llorar

por un pasado que no conocí…

 

El rostro de la calle

 La primera incursión musical de Giordano fue junto a su hermano Evio con el grupo Sietecuero, autores de un único álbum titulado Rojo Sangre, de 1978. Su música es perturbadoramente nocturna, con una capa predominante de percusión afrocaribeña y piano eléctrico, que juntos recrean una atmósfera familiar para todo aquel que, en cualquier época, se haya dado una vuelta nocturna por el centro de Caracas. Estas canciones saben a peligro, a gasolina, a cerveza, a humo de cigarro y a destellos de luz que no hacen su mejor intento por competir con la oscuridad. En el corazón de todo esto, late la poesía callejera de Giordano. Como canta en el penúltimo surco del disco, titulado El rostro de la calle:

 Hace rato que Caracas se vistió

de sombra y luces

y como de costumbre

me fui a darle

una vuelta por ahí

Después de mucho caminar

fui a parar

a una esquina poco alumbrada

y fue ahí donde lo vi:

el rostro de la calle no usa,

no usa maquillaje

 Así era la música de Sietecuero: sin maquillaje, con su dosis justa de sordidez y refinamiento. Fría como puede llegar a ser la noche caraqueña, pero llena del temperamento caluroso propio de las formas del Caribe. El grupo no dura demasiado luego de la partida del tecladista Alberto Slezynger. Llega entonces la nueva década, en la que Giordano se reinventaría, afilando su voz y su poesía, enfrentándose a las multitudes adoptando el nombre con el que lo conoceríamos de ahí en adelante.

De una esquina a la otra

Con el LP Yordano, de 1984, rompe con todos los récords de venta para cualquier cantante venezolano. Era el inicio de la época dorada de los solistas: Ilan Chester, Franco de Vita, Frank Quintero. De entre todos, Yordano destacaba por seguir sobre lo que ya había asomado con Sietecuero: la poesía escondida en la oscuridad de la noche y las callejuelas sórdidas. Casi todos los temas del disco fueron extremadamente populares: Bailando tan cerca, En aquel lugar secreto, Hoy vamos a salir. Pero es en el hit Manantial de corazón donde se pone de manifiesto ese gusto por las historias urbanas oscuras, con sabor a derrota y redención:

Me tiro a la calle

a caminar esta tristeza

quiero perderla entre la gente

atravesando soledades

para dejar que corra libre

un manantial de corazón

 

Su siguiente disco, Jugando conmigo (1986), no haría sino afianzar el éxito. Otro de los clásicos imperecederos que puede encontrarse en este trabajo, Perla negra, nos refiere en su letra a un ámbito inmediatamente reconocible dentro de la capital venezolana. Para ser más específico, dos esquinas de la parroquia Santa Rosalía:

 

La calle se abre a los pasos

que aunque quieran no pueden parar

van de una esquina a la otra

de Pinto a Miseria

de un carro a la acera

sin mirar atrás

Los hits seguirían durante toda la década, encontrando en los noventa un nivel de exposición muy alto con la canción Por estas calles, tema de apertura de la telenovela del mismo nombre, transmitida durante casi dos años por la hoy extinta RCTV. Con esta canción, Yordano se consagra como el poeta callejero por excelencia del pop venezolano, escribiendo versos que en su momento se fijaron en el inconsciente colectivo de una sociedad que se encontraba atravesando convulsiones que marcarían a fuego su destino en las décadas siguientes. Quizás es por esto que hoy la letra de Por estas calles no parece haber envejecido ni un ápice:

Por estas calles hay tantos pillos y malhechores

y en eso si que no importa credo, raza o colores

tú te la juegas si andas diciendo lo que tú piensas

al hombre bueno le ponen precio a la cabeza.

 

No sería para nada aventurado decir que la obra de Yordano, en el ámbito del rock y el pop, ha sido una de las que mejor ha logrado recrear la atmósfera de Caracas, sin idealizaciones ni maquillajes de por medio. En sus letras podemos percibir lo que el autor veía en las esquinas, las historias que observó y de las que quizás, de alguna forma, participó. Por contraste destaca entre muchos otros precisamente por no intentar de ocultar su origen caraqueño, tanto en los temas que trata, como en el uso del lenguaje, inclusive en la forma de cantar. Por supuesto, sería reduccionista afirmar que Caracas es exclusivamente la que cantaba Yordano, pues esta ciudad es también la del Canto al Ávila de su contemporáneo Ilan Chester. Pero, sin lugar a dudas, es en la obra completa de Yordano donde se nota, de forma más sostenida en el tiempo, ese esfuerzo por pintar la propia aldea, a través del cual se logra ser verdaderamente universal. Como dicen que decía el ruso Tolstoi.